Nuevamente le di una oportunidad de leer a la famosa obra de Dante Alighieri, la Divina Comedia (que no tiene nada de comedia), un poema dividido en cantos, dentro del Canto IIIme llamó toda la atención que el castigo más desgarrador no se reserva únicamente para los tiranos ni para los traidores, sino para aquellos cuya existencia fue una sombra imperceptible: los tibios o los indiferentes.
Justamente antes de entrar en los círculos del abismo, en dicha antesala del infierno se encuentran las almas que vivieron sin infamia y sin alabanza, aquellos que jamás arriesgaron a tomar partido ni por bien ni por el mal, donde su condena es ser eternamente invisibles, rechazados por la gloria del Cielo y despreciados por la propia profundidad del Infierno.
Dante comprendió con lucidez profética que la neutralidad moral no es un síntoma de prudencia, sino un acto de cobardía disfrazada de moderación. Los habitantes de este vestíbulo corren desnudos persiguiendo un estandarte ciego que gira sin sentido, mientras son picados por avispas que representan el despertar tardío y doloroso de la conciencia. Fueron los ángeles que no se aliaron ni con Dios ni con Lucifer; fueron los ciudadanos que miraron a otro lado mientras su comunidad se destruía. Para el poeta, el pecado imperdonable de estas almas no fue haberse equivocado al elegir, sino haber renunciado a la capacidad humana de elegir.
Si trasladamos esta visión a nuestra realidad contemporánea, el diagnóstico resulta inquietante. Habitamos una era donde la apatía se disfraza con frecuencia de tolerancia o distanciamiento intelectual. Nos reconfortamos en la comodidad del espectador pasivo: presenciamos la injusticia a través de una pantalla, nos abstenemos de denunciar el abuso por evitar incomodidades y delegamos la responsabilidad moral en los demás. Sin embargo, el silencio frente a la arbitrariedad nunca es neutral; es siempre una concesión al opresor. La desidia ante la mentira o el dolor ajeno no nos convierte en seres pacíficos, sino en engranajes silenciosos de la decadencia colectiva.
Mientras que esa idea de los tibios o indiferentes, el escritor y político Antonio Gramsci recogió esta misma indignación ética en su célebre manifiesto Odio a los indiferentes, otorgándole una dimensión política tajante: “la indiferencia no es mera pasividad, sino el verdadero peso muerto de la historia”.
Gramsci sostenía que los grandes desastres colectivos y el triunfo de las tiranías rara vez ocurren por la sola voluntad de los malvados, sino por la complicidad silenciosa de la mayoría abstencionista. La masa prefiere la comodidad de la sombra, pero cuando las consecuencias de la historia aplastan su cotidianidad, llora y culpa al destino. Para el pensador italiano, esa apatía es un parasitisimo moral. Dante castigaba a los indiferentes obligándolos a sentir el dolor de las avispas que jamás sintieron en vida; Gramsci, por su parte, señalaba que el precio de la neutralidad se paga en el presente con la pérdida de la propia libertad.
En la sociedad contemporánea, esta encrucijada entre el vestíbulo dantesco y la crítica gramsciana cobra una vigencia perturbadora. Vivimos sumergidos en la cultura del espectador, donde la injusticia se consume como un espectáculo matutino a través de las pantallas. La tibieza moderna suele disfrazarse de moderación intelectual o prudencia política, justificando el silencio bajo el pretexto de no tomar partido y caer bien en todos los bandos. Sin embargo, abstenerse de actuar en momentos de crisis es siempre una decisión a favor del estado de las cosas. El silencio del espectador no neutraliza la balanza; simplemente le regala su peso al opresor.
Existir plenamente exige el coraje del compromiso. Quien decide no posicionarse frente al dolor ajeno o la arbitrariedad se convierte en el engranaje invisible que permite la decadencia colectiva. La lección compartida por la literatura clásica y el pensamiento crítico es categórica: la neutralidad no limpia nuestras manos, solo las atrofia. Para no terminar vagando entre la penumbra de los invisibles de Dante o sufriendo la historia que otros escriben por nosotros, es indispensable asumir el riesgo de tomar postura y vivir con la incomodidad de nuestras convicciones.

Licenciado en Derecho con concentración en Derecho Administrativo por la Universidad Iberoamericana (UNIBE).
Experto en políticas públicas y derecho electoral.
Abogado Constitucionalista.
Técnico legislativo en el Senado de la República Dominicana.








