La madrugada del 8 de abril de 2025 quedó suspendida en la memoria del país. Lo que comenzó como una noche de música, luces y celebración en la discoteca Jet Set terminó, en cuestión de segundos, en oscuridad, estruendo y muerte.
Eran las 12:44 de la madrugada cuando el techo del establecimiento colapsó de manera repentina, mientras se desarrollaba una presentación artística. Sin previo aviso, la estructura cedió y sepultó a decenas de personas bajo toneladas de concreto, interrumpiendo vidas, conversaciones y sueños.
Los primeros minutos fueron de caos absoluto. Gritos de auxilio, polvo en el aire y estructuras cediendo marcaron una escena de desesperación. Algunos lograron salir por sus propios medios, desorientados y cubiertos de escombros; otros quedaron atrapados. Afuera, familiares comenzaban a llegar tras recibir llamadas angustiosas, sin comprender aún la magnitud de lo ocurrido.
A las 12:49 de la madrugada, en medio de los escombros, se produjo una de las llamadas más dramáticas de aquella noche. La entonces gobernadora de Montecristi, Nelsy Cruz, logró comunicarse con el presidente Luis Abinader mientras permanecía atrapada, alertando directamente sobre el colapso. Esa comunicación marcó el inicio de la respuesta del Estado ante una tragedia sin precedentes.
En cuestión de minutos, se activó un amplio operativo de emergencia. Unidades del 9-1-1, bomberos, Defensa Civil y personal médico se desplegaron en la zona, iniciando labores de rescate que se extendieron por horas en condiciones extremadamente complejas.
La noche en que ocurrió la tragedia, lo que debía ser un espacio de entretenimiento se convirtió en escenario de caos, desesperación y pérdida. Las imágenes, los testimonios y el impacto emocional de lo ocurrido trascendieron el lugar de los hechos, generando un duelo que se extendió a todo el país.
El balance final fue devastador: 236 personas fallecidas y más de 180 heridas, convirtiendo el hecho en uno de los desastres no naturales más mortales en la historia reciente de la República Dominicana. Entre las víctimas se encontraban figuras reconocidas, incluyendo el merenguero Rubby Pérez, así como ciudadanos de distintos sectores sociales y nacionalidades.
Durante semanas, el lugar se convirtió en un punto de encuentro del dolor. Velas, flores, fotografías y mensajes transformaron la zona en un símbolo de duelo colectivo. Más allá de las cifras, quedaron historias: familias fracturadas, sobrevivientes con secuelas físicas y emocionales, y una sociedad que aún no logra cerrar ese capítulo.
Con el paso de los meses, la tragedia del Jet Set dejó de ser solo un hecho para convertirse en un tema país. Se abrió un debate nacional sobre la seguridad en espacios de entretenimiento, las inspecciones estructurales, los permisos y la responsabilidad de quienes operan este tipo de establecimientos.
A lo largo de este año, familiares de las víctimas han mantenido vivo el recuerdo de sus seres queridos, entre homenajes, actos conmemorativos y reclamos de justicia. El dolor no desaparece con el paso del tiempo, y para muchos, la tragedia del Jet Set no es un capítulo cerrado, sino una herida que sigue abierta.
Las investigaciones preliminares apuntaron a posibles fallas estructurales acumuladas, intervenciones inadecuadas en la infraestructura y ausencia de controles rigurosos, elementos que habrían contribuido a una tragedia que, para muchos, pudo evitarse.
Hoy, a un año de lo ocurrido, el caso sigue abierto en la justicia dominicana. El Ministerio Público ha presentado acusación formal contra los propietarios del establecimiento, los hermanos Maribel y Antonio Espaillat, imputándoles responsabilidades en el colapso. El proceso se encuentra actualmente en fase judicial, con audiencias en curso y un expediente sustentado en decenas de pruebas, incluyendo testimonios, peritajes y documentos técnicos.
Al conmemorarse un año de aquella fatídica madrugada del 08 de abril, recordamos a cada una de las víctimas, no como cifras, sino como vidas con nombres, historias y sueños. Recordamos también a sus familias, que siguen enfrentando un dolor que no se mide en el tiempo, una ausencia que no se llena y una herida que permanece abierta. En cada recuerdo hay amor, en cada lágrima hay memoria, y en cada reclamo hay una misma exigencia: que no se olvide y que se haga justicia.









