¿Nos estamos acostumbrando al dolor de los demás?

Cada mañana despertamos y, antes de levantarnos de la cama, ya hemos visto una tragedia. Un accidente, una enfermedad, una familia en medio del dolor, una víctima de la violencia o alguien pidiendo ayuda.

Nos detenemos unos segundos, leemos, reaccionamos y seguimos deslizando la pantalla.

Y me pregunto: ¿nos estamos acostumbrando al dolor de los demás?

No es una acusación. Es una reflexión que me hago a mí mismo y que comparto con ustedes.

Vivimos en una época donde nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, corremos el riesgo de ser cada vez más indiferentes. Recibimos tantas noticias, tantas imágenes y tantas historias difíciles que, poco a poco, podemos llegar a ver como normal lo que nunca debería ser normal.

Detrás de cada titular hay una vida. Hay una madre preocupada, un padre luchando, un hijo esperando una oportunidad o una familia tratando de encontrar fuerzas en medio de una situación que quizás nunca imaginó vivir.

Lo preocupante no es estar informados. Lo preocupante es perder la capacidad de sentir.

Porque cuando el dolor de los demás deja de tocarnos el corazón, algo empieza a perderse en nosotros como sociedad.

Por eso creo que hoy necesitamos recuperar la empatía. Necesitamos volver a mirar al otro no como una noticia más, sino como una persona que merece respeto, acompañamiento y solidaridad.

La República Dominicana que soñamos no se construye solamente con obras, inversiones o crecimiento económico. También se construye con valores, con compasión y con la capacidad de preocuparnos por quienes atraviesan momentos difíciles.

Y es aquí donde la fe nos recuerda una verdad sencilla, pero poderosa: Dios nunca nos llamó a ser espectadores de la vida de los demás. Nos llamó a amar al prójimo, a tender la mano y a reconocer en cada persona la dignidad que Él mismo le otorgó.

Quizás no podamos resolver todos los problemas que vemos cada día. Pero sí podemos hacer algo que está al alcance de todos: conservar un corazón sensible.

Porque el día que el dolor de los demás deje de importarnos, habremos perdido mucho más que la empatía; habremos perdido una parte esencial de nuestra humanidad.