Fractura en Occidente

El conflicto que se está llevando a cabo en Medio Oriente entre los Estados Unidos, Irán e Israel ha venido a acelerar procesos que ya estaban en marcha, al igual a lo ocurrido en 2020 con la pandemia de la COVID-19, que puso a prueba los sistemas sanitarios y las economías de todos los países del mundo.

A este respecto, la intervención militar estadounidense en Venezuela, en enero pasado, marcó la antesala para llegar al escenario internacional que atraviesa el mundo en la actualidad. De hecho, hubo varias advertencias sobre lo peligroso que podría resultar el uso de la fuerza para encarcelar a un presidente violando el derecho internacional, aunque se tratara de un mandatario sin reconocimiento como Nicolás Maduro.

El caso latinoamericano terminó sin mayores penas porque no hubo ningún tipo de resistencia y, al parecer, Donald Trump pensaba lograr lo mismo en Teherán, ignorando el principio geopolítico de la idiosincrasia de los pueblos, el cual hace énfasis en que el comportamiento de cada sociedad está influenciado por sus creencias, cultura y religión, entre otros elementos. Por lo tanto, la reacción iraní era totalmente predecible.

Mas allá de haber violado un derecho internacional casi inexistente, la guerra en Medio Oriente ha puesto en evidencia la fractura y la división que se ha venido creando entre los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) con los Estados Unidos. De hecho, el primer líder en rechazar la guerra fue Pedro Sánchez, cuando negó el uso de las bases militares de España, seguido por Emmanuel Macron en Francia y Giorgia Meloni en Italia, quienes también le negaron sus bases militares y su espacio aéreo a los Estados Unidos para llevar a cabo posibles ataques contra Irán. Anteriormente, los aliados habían declinado la petición del mandatario estadounidense de intervenir militarmente para garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz, afirmando que se trata de una guerra innecesaria con objetivos no definidos.

En efecto, el artículo 5 de la OTAN determina que un ataque contra uno de los miembros es un ataque a todos, con la excepción de que esta vez el miembro principal ha comenzado la ofensiva. Donald Trump, por su parte, al margen del conflicto debe hacer frente a un electorado al cual prometió que no entraría en ninguna guerra y que, por lo contrario, acabaría con las existentes.

A pesar de las narrativas y las formas, en el fondo el mundo está protagonizando un cambio de época caracterizado por un rompimiento con el orden internacional creado después de la Segunda Guerra Mundial, que se traduce en una pérdida de hegemonía por parte de los Estados Unidos de América y una evidente fractura entre la OTAN y Washington. Al parecer, el Gigante del Norte ha dejado de ser un actor confiable, capaz de garantizar la paz y la seguridad a nivel internacional, y el conflicto en Irán lo ha puesto claramente en evidencia.

En este sentido, el uso de la fuerza llevado a cabo por los Estados Unidos actualmente tiene el objetivo de demostrar que sigue teniendo la capacidad de mediar en el mundo frente a China. Por lo tanto, una vez más hay que analizar este conflicto en el contexto de la rivalidad geopolítica entre Washington y Beijing, la cual se agudiza cada vez más. A este respecto, se puede observar a un Xi Jinping que, al parecer, conoce bien a su adversario y se conoce a sí mismo.

Finalmente, en la actualidad la humanidad presencia el enfrentamiento de dos ideologías: por un lado, un Occidente fracturado y dividido, y por el otro, Rusia, China e Irán. Es probable que en un futuro el vencedor entre estos dos bloques determine las normas que regirán las instituciones del nuevo orden mundial.