Cuando la política tradicional pierde credibilidad, el deseo de cambio puede ser tan apremiante que la sociedad se cuestiona si necesita mejores políticos, propuestas estructuradas y sustentadas en organizaciones políticas sólidas, o simplementedarle paso a políticos que emergen de lo
“distinto”. Es un cuestionamiento incómodo de cara a lo racional, pero necesario, cuando el desencanto alcanza su punto máximo y lo “distinto” se convierte automáticamente, en una alternativa potencial.
El surgimiento de figuras emergentes, con ideas aisladas de aquello que ya dejó de convencer, pudiese ser saludable para una sociedad democrática. La alternancia, la incorporación de perspectivas diferentes y frescas, y la participación de nuevas generaciones son, de hecho, necesarias, no obstante, ser novedoso, no equivale a suficiente, cuando se trata de gobernanza, legislar y administrar con responsabilidad.
La aparición de estas figuras debería representar una verdadera renovación, dotada de nuevas ideas, capacidad de gestión, preparación y una nueva línea de servicio público. El problema surge, a raíz de que sea lo novedoso, el principal argumento para conquistar al electorado, primando la falta de liderazgo basado en una postura ideológica concreta; siendo el desafío primordial, demostrar que su emergencia no es simplemente una estrategia de posicionamiento, sino el comienzo de una transformación.
Una política tradicional en decadencia no es exclusivamente reconocida por la falta de exposición de nuevos rostros, a veces ocurre lo contrario, aparecen diversos actores, cuando la sociedad, cansada e indignada, se adentra a valorar más el discurso que la capacidad. Gobernar no es un experimento, las decisiones políticas dentro de un Estado, afectan la economía, la seguridad, los servicios sociales, en definitiva, la cotidianidad de millones de personas; por lo cual, elegir en base a romper con lo tradicional, puede resultar tan peligroso, como asumir perpetuar a quienes ya demostraron, dentro de su política tradicional, no estar a la altura.
La experiencia, de igual modo, no es sinónimo de permanencia o éxito; representa criterio, capacidad y dominio de gestión para aportar frente a situaciones complejas, siendo el verdadero reto, distinguir entre experiencia que transforma y avanza a experiencia que se perpetúa. De modo que, el fracaso de la política tradicional no tendría que convertir la falta de experiencia en una virtud, ni que lo distinto o novedoso, sea lo que resulte sinónimo de capacidad. Es interesante destacar, que, en la República Dominicana nuestra sólida estructura de partido y la madurez de los actores políticos que participan, hanpermitido un buen clima de estabilidad y de inversión, propiciando una correcta gobernanza; siendo esencial, cuestionarnos, si este relevo político, pudiese garantizarnos la continuidad de dicho clima de estabilidad.
En el caso de América Latina, algunos Estados apostaron producto del descontento de las élites políticas tradicionales, por liderazgos que prometían refundarlo todo. No obstante, la evidencia es que la ruptura no produjo la prosperidad prometida, en muchos de los casos, se produjo concentración de poder, debilitamiento institucional, pérdida de capital, fuga de inversiones y una reducción de la riqueza nacional.
Contamos con referentes claves, tal el caso de Argentina, con Juan Domingo Perón y el peronismo; que no es considerado un outsider electoral como Chávez, en Venezuela, pero sí representó una ruptura profunda con el orden político y económico anterior. Argentina fue para mediados del siglo XX uno de los países más ricos del planeta, y posteriormente experimentó décadas de inflación, déficit, intervencionismo y crisis de deuda frente a otras economías. Del mismo modo, el caso de Venezuela, conocida como la principal renta petrolera y una de las economías más importantes de América Latina, empero, tras la llegada de Chávez, se le atribuyó la ruptura con la partidocracia tradicional, una avasallante concentración de poder, controles económicos, expropiaciones, dependencia petrolera y destrucción de capacidades productivas contribuyeron al colapso económico y una cultura institucionalseveramente deteriorada.
Por lo cual, el auténtico auge de políticos emergentes que necesitan los Estados no consiste en sustituir rostros, sino más bien en elevar los estándares, asumiendo el derecho a exigir preparación, integridad o capacidad de gestión, porque si como puente de escape escogemos lo distinto, damos paso a un terreno fértil para la improvisación; siendo prioritario, como sociedad verdaderamente preparada para una transformación, no confundir lo distinto con la excelencia.








