Entre la incertidumbre y la historia: una mirada a la segunda vuelta de las elecciones en Colombia

Este domingo, Colombia enfrentará una de las decisiones más trascendentales de su historia o, al menos, así se percibe cada cuatro años con el relevo del mandato presidencial. Y es que esa sensación de incertidumbre parece formar parte de su esencia. La tierra del realismo mágico de Gabriel García Márquez, la tierra del olvido, como canta Carlos Vives, es también un país con un pasado aferrado con fuerza y una esperanza renaciente frente a la incertidumbre.

Lo cierto es que esa es la compleja y, a ratos, dolorosa historia de Colombia, un país que, con su encanto, su música y su riqueza cultural, seduce al mundo. Sin embargo, su realidad ha estado marcada durante gran parte de su existencia por conflictos, pasando por la polarización política desde la Guerra de los Mil Días entre liberales y conservadores; luego, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, que dio pie al Bogotazo y a la etapa oscura conocida como La Violencia; el surgimiento de las guerrillas como las FARC y el ELN, la proliferación del narcotráfico y hechos como la toma del Palacio de Justicia aquel 6 de noviembre de 1985. Todo esto se mezcla con una serie de magnicidios sin fin y la pérdida de grandes figuras que deben ser mencionadas.

Comenzando por Gaitán, un político lleno de carisma, con un discurso soñador de cambiar la historia de su país, cuyo asesinato desató una explosión de violencia en la capital. Por otro lado, Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, un hombre valiente que denunció cómo el narcotráfico y su dinero sucio se habían colado en la política, y que también fue asesinado. Es ineludible mencionar a Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato presidencial asesinado el 18 de agosto de 1989 en Soacha, mientras daba uno de esos discursos apasionados que tanto lo caracterizaban, buscando un país más ético y transparente, y cuyo apoyo a la extradición terminó pasándole factura. Entre ellos también está Jaime Garzón, aquel hombre que, con su humor satírico, criticó fuertemente a la clase política colombiana y cuyo asesinato aún permanece en la impunidad.

Por último, haciendo un breve salto en el tiempo, está Miguel Uribe Turbay, de quien podemos decir que ha sido un claro ejemplo de la violencia que ha marcado a su país, nieto del expresidente Julio César Turbay e hijo de Diana Turbay, periodista secuestrada por el narcotráfico y que murió en 1991 durante un operativo de rescate, dejando a su hijo con tan solo cinco años. Miguel había sido senador de la República y se abrió paso en la política como parte de una nueva generación. Sin embargo, el pasado 7 de junio de 2025 fue baleado por un menor de 15 años mientras daba uno de sus discursos de campaña. Pido excusas al lector, todavía quedan nombres por resaltar en este listado de la muerte.

Todos estos hechos no son solo meros actos atroces de una sociedad marcada por la violencia. Las personas ya mencionadas tenían algo en común: pensaban diferente. Es como si pensar distinto se hubiese convertido en una sentencia de muerte. En un país donde deberían existir votos, se imponen las balas; y donde debería haber debate, hay funerales.

Con este contexto, Colombia llega hoy a una nueva encrucijada política. Tras la primera vuelta celebrada el pasado 31 de mayo, quedó en evidencia la profunda polarización que atraviesa al pueblo colombiano. En esta jornada, el candidato Abelardo de la Espriella obtuvo el 43.74 % de los votos, mientras que Iván Cepeda alcanzó el 40.9 %, reflejando una contienda sumamente reñida y un país dividido entre dos visiones.

De cara a la segunda vuelta, Colombia se enfrenta nuevamente a una decisión trascendental: optar por la continuidad de las ideas asociadas a la izquierda, adelantadas por Gustavo Petro, o respaldar una propuesta asociada a las corrientes de derecha, encabezada y promovida por De la Espriella.

Sin embargo, esta división no es producto de un simple hecho fortuito. Para comprender por qué el electorado colombiano se encuentra hoy en esta encrucijada política, es necesario mirar hacia atrás y analizar los acontecimientos políticos, sociales y de seguridad que han marcado al país durante las últimas décadas, así como las figuras que han protagonizado y moldeado el debate entre la izquierda y la derecha en Colombia.

Tras gobiernos como el de Gustavo Petro, considerado por muchos expertos como uno de los más polémicos de la historia reciente de Colombia, para algunos ha representado incluso un retroceso en el tiempo. Pero la pregunta es: ¿cómo sucedió?

Pues Gustavo Petro, exmilitante del M-19, guerrilla caracterizada por su carácter nacionalista, responsable de acciones como la toma de la Embajada de la República Dominicana en 1980 y la toma del Palacio de Justicia en 1985, que posteriormente suscribió un acuerdo de paz y, tras su desmovilización, dio paso a la participación política de varios de sus miembros, se ha convertido en uno de los principales exponentes de la izquierda colombiana. Ocupando cargos como congresista, alcalde de Bogotá y, actualmente, presidente de la República, Petro ha llegado a este puesto no en vano. Tras décadas de violencia e inconformismo por parte del pueblo, logró posicionar sus ideales como una propuesta de cambio.

Esto ocurrió después de gobiernos como el de Álvaro Uribe Vélez, quien, por otro lado, es uno de los principales exponentes de la derecha en Colombia e incluso, para muchos, la figura con mayor influencia política en su país. Su gestión estuvo caracterizada por una fuerte postura contra las guerrillas y la violencia, pero también por matices oscuros que aún hoy son objeto de discusión.

A ello se suma el gobierno de Juan Manuel Santos, quien fue ministro de Defensa durante la administración de Uribe y posteriormente presidente de la República. Incluso galardonado con el Premio Nobel de la Paz, también ha sido considerado una figura polémica por el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC, negociado durante aproximadamente cuatro años, un tiempo que para muchos resultó insuficiente.

Pues bien, hoy el panorama colombiano es bastante complejo. Aunque la problemática, a simple vista, no parece ser principalmente económica, sino social y de seguridad, una vez más Colombia se encuentra en la encrucijada de elegir a un nuevo jefe de Estado, en medio de una profunda polarización política, entre votar por la derecha o por la izquierda. Y esto va mucho más allá de elegir una vertiente política; la realidad es que a Colombia le urge un control social, un cambio. Los índices de violencia aumentan mes a mes, aparecen los atentados y los magnicidios, y hay más hectáreas de coca sembradas que en los inicios de los noventa. Como si no bastara, la tristeza parece permear el día a día del pueblo colombiano, que cada vez más se ve obligado a migrar a otros países en busca de estabilidad y seguridad.

La sociedad colombiana, por otro lado, tiene ante sí dos opciones claramente diferenciadas. De un lado se encuentra Abelardo de la Espriella, candidato independiente, abogado de renombre y una figura no exenta de polémica debido a los casos que ha asumido a lo largo de su trayectoria profesional. Su propuesta gira en torno a un discurso de mano dura y cero tolerancia frente a la delincuencia, llegando incluso a plantear el uso de todos los mecanismos constitucionales de defensa del orden público para enfrentar la crisis de seguridad que atraviesa el país.

Esta postura le ha valido comparaciones con líderes como Nayib Bukele, proyectándose para algunos sectores como una posible versión colombiana de este modelo en la región. Sin embargo, resulta necesario analizar este tipo de perfiles con cautela. Colombia es un Estado social y democrático de derecho, con una sólida tradición institucional, sustentada en la Constitución de 1991, considerada por muchos como una de las más avanzadas de América Latina. Asimismo, el país ha sido históricamente un referente en materia de separación de poderes y equilibrio institucional.

De la Espriella ha sostenido en varias ocasiones durante su campaña que la polarización constituye un fenómeno normal dentro de toda democracia y que forma parte del debate político. En efecto, resulta difícil imaginar una democracia sin diferencias ideológicas o sin visiones contrapuestas. Sin embargo, también es válido preguntarse si niveles tan elevados de polarización como los que actualmente experimenta Colombia contribuyen realmente al fortalecimiento de la democracia. La experiencia de las últimas décadas parece indicar que una sociedad profundamente dividida enfrenta mayores dificultades para construir consensos y avanzar en la solución de problemas comunes.

En este contexto, cabe destacar que De la Espriella no proviene de la política tradicional y, de hecho, ha construido gran parte de su campaña sobre una crítica constante a la clase política y a las instituciones existentes. No obstante, esta misma ausencia de experiencia política podría representar un desafío para una eventual gestión de gobierno, especialmente si no logra consolidar una base de apoyo suficiente en el Congreso. Gobernar un país con la complejidad de Colombia exige capacidad de negociación y construcción de consensos, por lo que quedaría por verse cuáles serían los mecanismos que utilizaría para materializar sus propuestas sin comprometer el marco jurídico, el equilibrio institucional y el orden democrático que caracterizan al Estado colombiano.

Por otro lado, se encuentra Iván Cepeda, candidato de la izquierda y una de las figuras más cercanas al presidente Gustavo Petro. Su propuesta se fundamenta en dar continuidad a las políticas impulsadas por el actual gobierno y profundizar las transformaciones que, según sus seguidores, aún requieren tiempo para consolidarse. Sin embargo, los resultados de la primera vuelta también parecen reflejar un cierto nivel de inconformidad con este proyecto político. De haber existido un respaldo mayoritario a la gestión actual, probablemente Cepeda habría logrado una ventaja más amplia en las urnas.

Lo cierto es que el gobierno de Gustavo Petro ha estado marcado por diversas controversias y desafíos. Entre ellos destacan los constantes cambios en su gabinete, las tensiones internas dentro del Pacto Histórico, la coalición política que lo llevó al poder, y las diferencias públicas con figuras relevantes de su propio sector, incluida la vicepresidenta Francia Márquez, quien en más de una ocasión ha expresado desacuerdos con el rumbo adoptado por la administración.

No obstante, reducir el balance de este gobierno únicamente a sus conflictos internos sería una visión incompleta. La gestión de Petro también ha impulsado medidas que han tenido una recepción positiva en determinados sectores de la población. Un ejemplo de ello ha sido el incremento sostenido del salario mínimo, una decisión que benefició especialmente a los sectores de menores ingresos. Sin embargo, estas mismas políticas han generado preocupaciones y cuestionamientos dentro de algunos sectores empresariales, que durante gran parte del mandato han mantenido una posición crítica frente a varias de las decisiones económicas y laborales adoptadas por el gobierno. También es importante destacar algunos resultados económicos favorables, como la cancelación de la deuda de US$5.400 millones con el Fondo Monetario Internacional y la estabilidad del dólar, cuyo valor ha disminuido en comparación con el que registraba al inicio del mandato de Petro. Del mismo modo, la seguridad continúa siendo una de las principales preocupaciones de los colombianos y, para muchos ciudadanos, el Gobierno no ha logrado ofrecer respuestas suficientemente efectivas frente al avance de la delincuencia y la violencia.

En definitiva, la candidatura de Cepeda representa para muchos la continuidad de un proyecto político que promete profundizar cambios sociales importantes, mientras que, para otros, simboliza la prolongación de una gestión que aún no ha logrado responder satisfactoriamente a varios de los desafíos que enfrenta el país.

Para nadie es un secreto que los colombianos tienen una decisión difícil ante opciones tan radicales, lo que desata un temor que se expande a voces: el de “perder el voto”. Muchos terminan inclinándose por quien creen que va a ganar, lo que se traduce en esa frase tan repetida: votar por el menos peor, por el que tenga más posibilidades, por el de Uribe o por el de Petro. Esto refleja la grave polarización que, si aún no ha cobrado consecuencias, pronto las cobrará, y de manera muy grave.

Para finalizar, cabe exhortar al lector a poner su atención en Colombia, pues las decisiones dentro de la región afectan a todo el continente. En un mundo marcado por guerras y crisis, la empatía nunca sobra y, sobre todo, es importante recordar que el mundo nos pertenece a todos. Para Colombia, los mejores deseos y la esperanza de que este país pujante, lleno de gente buena, pueda finalmente salir del lastre de violencia y crisis con el que ha tenido que cargar a lo largo de su historia; que su juventud vuelva a recuperar la esperanza en su patria y que, acompañada de buenas decisiones y de una mirada consciente a su historia, evite repetir los errores del pasado.