Todavía hay quienes insisten —en pasillos, en cafés, y en chats de WhatsApp— en que los únicos diplomáticos son los que trabajan en embajadas. Los de pasaporte rojo oscuro, que usan corbata todos los días y pronuncian discursos en inglés impecable. Bajo esa lógica, los funcionarios consulares —cónsules, vicecónsules, auxiliares— serían algo así como empleados administrativos con buenos contactos.
Pero esa teoría tiene un pequeño detalle: no se sostiene ni jurídica ni prácticamente.
Todo funcionario que ejerce funciones diplomáticas en el exterior lo hace en virtud de una acreditación oficial emitida por el Estado dominicano. Cuando estuve en China como vicecónsul, recibí una identificación diplomática reconocida por las autoridades del país anfitrión. En Brasil, el Ministerio de Relaciones Exteriores me registró oficialmente como diplomático extranjero con una credencial —la famosa carteirinha— que me autoriza a ejercer funciones en territorio brasileño. Esto no es un privilegio decorativo: es una acreditación formal para cumplir deberes diplomáticos.
La Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963, ratificada por nuestro país, establece que los funcionarios consulares están designados para proteger intereses nacionales, asistir a ciudadanos dominicanos en el extranjero y promover relaciones económicas, comerciales, culturales y científicas. Todo eso, claro está, es diplomacia. Solo que no se hace desde una tribuna en la ONU, sino desde una ventanilla, una reunión con empresarios locales o una visita a una cárcel donde hay un dominicano preso.
El problema es que hay una visión demasiado estrecha de lo que significa ser diplomático. Y es que la diplomacia no es una sola: está la diplomacia interna, que se ejerce desde la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores; la bilateral, que se desarrolla en las relaciones entre dos Estados; la multilateral, que se maneja ante organismos internacionales; y la consular, que es la que vivimos los que representamos al país desde oficinas consulares, resolviendo situaciones reales de la comunidad, impulsando el turismo, gestionando alianzas comerciales o abriendo puertas a la cultura dominicana.
¿Y el famoso argumento del pasaporte? Que si no es rojo, entonces no cuenta. Bueno, resulta que tanto el pasaporte diplomático como el oficial son documentos emitidos por la Cancillería para funciones específicas, y ambos tienen reconocimiento internacional. Lo importante no es el color de la libreta, sino la función que se está ejerciendo con ella. El fondo, no la forma.
Entonces, ¿por qué persiste este mito? En muchos casos, por desconocimiento del alcance real del trabajo consular. En otros, por narrativas que —con intención o sin ella— minimizan el valor de quienes sí están haciendo diplomacia todos los días, aunque no lo publiquen en redes ni salgan en los periódicos. Y ahí ya no se trata de etiquetas, sino de compromiso institucional.
Lo cierto es que los consulados no son simples oficinas de trámites. Son brazos activos de la política exterior dominicana, con responsabilidades concretas en protección, cooperación y representación. Y quienes los dirigen con responsabilidad, vocación y seriedad, son diplomáticos en todo el sentido de la palabra.
Porque al final del día, ser diplomático no es una cuestión de escenario, sino de servicio.

Soy Víctor Joel Sánchez, diplomático, y actual Vicecónsul en el Consulado General de la República Dominicana en São Paulo, Brasil. He dedicado mi trayectoria al fortalecimiento de las relaciones exteriores de mi país, con un enfoque especial en la diplomacia consular, la cooperación internacional y la promoción de los valores democráticos. Además, comparto mi experiencia con jóvenes estudiantes y diplomáticos en formación, convencido de que la educación y el diálogo son herramientas clave para construir puentes entre naciones.








