Donde manda capitán, ¡ni hables, soldado! – Reflexiones sobre la tecnocracia

El concepto de democracia es uno conocido por la mayoría, quizás por su significativa presencia como forma de gobierno a nivel mundial; por igual, regímenes de gobierno como la oligarquía, la teocracia y la dictadura ocupan un espacio en la cultura e historia de muchos países. El caso de la tecnocracia es distinto; hoy por hoy es un tema que genera discusión no solo en cuanto a su factibilidad práctica como forma de gobierno, sino también en torno a sus rasgos definitorios, circunstancia esta que ha causado su rezago en términos de conocimiento mundial.

No obstante lo anterior, una aproximación conceptual a la tecnocracia podría verse de la siguiente manera al tenor de lo establecido por la Real Academia Española en su Diccionario Panhispánico del Español Jurídico: «forma de gobierno cuyos miembros no son políticos, sino especialistas en sectores productivos o de conocimiento». Es de notar que esta forma de gobierno no es ultra reciente; sus primeros destellos vinieron de la mano de Claude-Henri de Rouvroy (mejor conocido como el conde de Saint-Simon) en el año 1814, en su obra Réorganisation de la société européenne. Más aún, diversos autores afirman que tanto en España como en Italia y Francia se han manifestado regímenes tecnocráticos a partir del año 1852 —si bien es este un argumento no comprobado, pues contar con dirigentes con tendencias tecnocráticas no necesariamente implica que la forma de gobierno sea una tecnocracia—.

Del simple análisis de la aproximación conceptual antes esbozada, la tecnocracia podría visualizarse como un remedio milagroso a las enfermedades que aquejan a las sociedades democráticas “producto de su naturaleza democrática como tal”; después de todo, ¿quién no quiere ser dirigido por una persona experta en áreas correlativas al desarrollo económico y de innovación tecnológica? ¿No es de esperarse del dirigente de un Estado una alta preparación y conocimiento técnico?

En efecto, un alto grado de preparación es —o debe ser— una característica indispensable de todo dirigente de una nación; sin embargo, cuando de tecnocracia se habla, no se trata únicamente del grado de preparación, sino más bien de que las decisiones y la dirección de las políticas públicas del gobierno respondan única y exclusivamente a lo que esa experticia técnica determine —mediante análisis y estudios mayoritariamente económicos— como “en pro del desarrollo”.

Es sabido que la política se fundamenta en el intercambio de opiniones y pareceres para arribar a un consenso lo más representativo posible, y su ejercicio consiste en el encaje y balance de intereses diversos que convergen en una sociedad, que muchas veces suelen ser subjetivos, egoístas e insolidarios, lo que llama al debate y al intercambio de opiniones, conceptos estos que la tecnocracia ignora en su totalidad, lo que equivaldría en cierto modo a sustraer la política de la política.

Así, surge la siguiente pregunta: ¿Puede un régimen tecnocrático encontrar soluciones estrictamente técnicas a temas eminentemente políticos? La respuesta a la que este escritor ha podido arribar es que no. De lo contrario, se configuraría una forma de gobierno x que, si bien cuenta con altos niveles de experticia técnica o con ciertas piezas tecnócratas, no se erige enuna tecnocracia. Por igual, es menester dar cabida a la posibilidad de que una tecnocracia pura y dura no sea más que una ficción que solo puede existir en el plano académico; después de todo, en palabras de Aristóteles en La Política, el ser humano es un «animal político o civil» por naturaleza, incapaz, en principio, de decidir en ausencia total de consideracionespolíticas.

Desde un punto de vista micro, enfocado en el ser humano como individuo perteneciente a una sociedad, es evidente entonces que un Estado tecnocrático es uno ignorante a opiniones ypreocupaciones del pueblo, cerrado al diálogo y al debate con sectores de la sociedad civil y, consecuentemente, ajenos a la pluralidad participativa en la estructuración de las políticas públicas.

Existe una masa importante de hombres y mujeres cuyo desdén hacia la democracia no es secreto; arguyendo, entre otras cosas, que la pluralidad participativa que la caracteriza a su vez sirve como freno al verdadero desarrollo, en tanto la garantía de esa pluralidad amerita sacrificios de ciertos sectores interesados para beneficiar a otros. Esta masa probablemente simpatice con la idea de una tecnocracia, pero… ¿mantendrían los individuos que la conforman la misma postura ante la ignorancia de sus demandas, quejas y opiniones, promovida por el régimen tecnocrático que inicialmente defenderían? ¿o se convertiríaneventualmente en abanderados clandestinos del refrán “no sabemos realmente lo que tenemos hasta que lo perdemos”?

Ante esta realidad, surgen varias interrogantes reflexivas: ¿Resulta verdaderamente conveniente la adopción de la tecnocracia como forma de gobierno? ¿Vale la pena contemplar la posibilidad de acogerse a un sistema tecnocrático por un período determinado a fines de mitigar problemas puntuales de un Estado y luego devolverles el poder a los políticos? ¿Es aceptable una tecnocracia en un Estado catalogado como “fallido” en aras de mejorar su situación? ¿Podría instituirse una tecnocracia temporal ante la invocación de algún estado de excepción a fines de mitigar la amenaza? Cuestiones como las precedentes evocan respuestas que pudieren verse como evidentes en la actualidad, sin embargo, el paso del tiempo suele encontrar la manera de complejizar incluso el más fácil de los asuntos, acalorar la más apacible de las discusiones y dar vuelta al más sólido de los paradigmas.