Tiempos recios

Los recientes acontecimientos que han impactado al país nos obligan a entender que el poder público no es un privilegio, es una responsabilidad moral de gran peso. La inserción de una persona a la administración pública no es un simple trámite: es una decisión capaz de marcar un antes y un después en la vida de quien asume la responsabilidad de servir al Estado. El funcionario público, inevitablemente, está expuesto al escrutinio público, por lo que debe profesar una vida diáfana e impoluta.

La plena conciencia y la prudencia son dos virtudes que deben primar en el ejercicio público por el mero hecho de que cada decisión tiene una repercusión, que, a veces, puede exceder lo personal. Es por ello que el acceso a recursos, influencia y capacidad de incidir en la vida de los administrados exige una conducta que no solo cumpla con la ley, sino que esté guiada por un profundo sentido de ética y servicio.

Sin embargo, nuestro país sigue enfrentando un patrón repetitivo que sigue dañando la política dominicana y que hace que la sociedad cada día pierda más fe en ella. Es importante que la integridad sea una práctica diaria y que se construya en lo privado antes de mostrarse en el ámbito público y nunca debe ser un discurso político fugaz.

La caída de un funcionario público nunca debe ser motivo de alegría; más bien, debe ser una advertencia y una invocación a la prudencia. Es imperioso revisar nuestras decisiones, nuestras conductas, nuestros límites y nuestros principios como seres humanos. Hoy, más que señalar o celebrar desgracias ajenas, es el momento de hacer una pausa y realizar un ejercicio de autorreflexión. El paso por la administración pública no perdona el despego moral, tarde o temprano exige una rendición de cuentas.

Decía Theodore Roosevelt que la mejor prueba de carácter de un hombre es el poder. Por ello, aprovecho la ocasión para hacer un llamado a la clase política de nuestro país, para que los buenos valores primen en las decisiones de cada uno, para que la prudencia sea el centro de cada movimiento y para que la intención siempre sea transformar. A fin de cuentas, el poder no revela quién eres, acrecienta lo que siempre fuiste.