La política no es un escenario lejano, sino una forma de servir con propósito. A veces, uno tarda en darse cuenta de que lleva el espíritu político en la sangre.
Yo siempre dije que no soy político. Lo repetí tantas veces que casi me lo creí. Pero la vida —esa maestra sin diplomado— se encargó de demostrarme que estaba equivocado.
Nací en República Dominicana, y como muchos niños dominicanos de los 90, viví el clásico “apagón de las siete”, los cortes de agua y las discusiones en casa sobre el precio del arroz. Pero alrededor de los 10 años, en el 2001, mis padres decidieron divorciarse y emigré con mi madre a los Estados Unidos. Allá viví hasta los 23, cuando regresé definitivamente a mi país en 2014.
Durante ese tiempo en Estados Unidos, algo me llamaba siempre la atención: en cada reunión familiar o fiesta con amigos dominicanos, surgía el inevitable tema del país. Y claro, venía acompañado del catálogo completo de quejas: que si la luz, que si el costo de la vida, que si los políticos de allá. Lo curioso —y lo que siempre me molestó— era que todas esas críticas venían desde la comodidad del aire acondicionado y el orden norteamericano. Se quejaban de los problemas del país, pero no estaban allá para echar el pleito.
Mientras tanto, yo prefería otra cosa: leer, ver documentales, escuchar programas, informarme, contrastar opiniones. Quería entender por qué pasaban las cosas, no solo repetir lo que otros decían. Porque si uno no entiende el problema, difícilmente puede aportar a la solución.
Y en ese proceso, me repetía mi frase favorita: “yo no soy político.” Lo decía casi como un escudo. Porque, seamos honestos, durante años la palabra político se ha usado como insulto. Es como si dijeras “yo no soy político” para aclarar que eres buena persona.
Pero había algo que yo no podía ignorar: el ejemplo que siempre tuve en casa. Mi padre, desde distintos escenarios de la vida pública nacional, siempre buscó aportar a nuestra querida provincia de Azua. Lo hacía con un sentido de compromiso que trascendía cargos o funciones. Y si miro más atrás, también mi abuelo dedicó gran parte de su vida al servicio. Es un legado que se siente en casa como una brújula familiar: servir, aportar, involucrarse.
Durante mucho tiempo, yo admiraba esa entrega —y a la vez pensaba que “eso no era lo mío”—. Pero con los años, y con mi experiencia en el servicio exterior, entendí que ese mismo deseo también me llamaba a mí.
Recuerdo con especial cariño mi tiempo como vicecónsul de la República Dominicana en Oranjestad, Aruba. Fue mi primera misión consular, y allí tuve el honor de servir a mi país junto al verdaderamente honorable señor Luis Eludis Pérez Delgado, mi cónsul general, a quien hasta el día de hoy llamo “mi eterno profesor.”
Él, con su estilo tan característico, me llamaba cariñosamente “novel”, y no había día en que no me recordara una lección de vida. Siempre me decía:
“Novel, usted es político. No diga que no lo es, porque evidentemente usted es un servidor público, y eso se hace directamente desde la política.”
Confieso que al principio le respondía con una sonrisa escéptica, como quien dice “eso no va conmigo”. Pero con el tiempo entendí que tenía razón.
Porque la política, en su esencia más pura, no es otra cosa que involucrarse en las decisiones que afectan a los demás. Es asumir la responsabilidad de cambiar lo que está mal o mejorar lo que puede estar mejor. Es tomar posición, con valentía y sentido de propósito.
El verdadero mérito está en ser un político honesto, servicial, amable; en mantener el norte claro: servir. Servir como te hubiese gustado que te sirvieran cuando eras tú quien necesitaba que una autoridad te escuchara.
Así que sí, con el paso de los años, cambié de opinión. No solo dejé de huirle a la política: aprendí a verla como una forma de vida, una forma de servir y de honrar el legado familiar que me inspira desde Azua, y también como una manera de continuar las enseñanzas de quienes me marcaron en el camino, como aquel querido cónsul que me llamó “novel” pero me trató como un colega.
Porque al final, todos, en algún momento, somos políticos. La diferencia está en si usamos esa política para hablar o para hacer.

Soy Víctor Joel Sánchez, diplomático, y actual Vicecónsul en el Consulado General de la República Dominicana en São Paulo, Brasil. He dedicado mi trayectoria al fortalecimiento de las relaciones exteriores de mi país, con un enfoque especial en la diplomacia consular, la cooperación internacional y la promoción de los valores democráticos. Además, comparto mi experiencia con jóvenes estudiantes y diplomáticos en formación, convencido de que la educación y el diálogo son herramientas clave para construir puentes entre naciones.








